viernes, noviembre 10, 2006

MUCHOS NOMBRES, UNA SOLA CAUSA

Permiso compañeros, me presento: Yo vengo de muchas vidas. Y quiero contarles que el recuerdo más lejano que tengo es junto a Odiseo encadenado al mástil mientras los Lestrigones luchaban por desarbolar nuestra nave y las sirenas, que veíamos pero no podíamos escuchar, tentaban a nuestro capitán a que se acercara a los arrecifes.

Me vieron pasar los acantilados de las Islas Brumosas cuando acompañé a Erik el Rojo hacia el continente que nadie creyó que encontraríamos.

Arrié velas en la rada de Cap du Prince durante la sublevación de negros, sin Tom Tom Macutes a la vista. Nadie sabe que fui contramaestre del Holandés Errante, que dirigí la gran nave hacia un mäelstrom en el Atlántico Sur para entrar en el torbellino del espacio tiempo y que salimos rolando por la otra puerta, los cabos en ristre y las gavias a jirones, cantando la canción del tonel de ron, enfilando proa contra toda forma de opresión, “con cuarenta cañones por banda, viento en popa y a toda vela”.

Nadie sabe que, ya capitán de gorro frigio, fui al maestro Saint-Simon para que nos enseñara la canción que se canta entre todos y que venimos recordando desde entonces cuando sitiábamos a la flota imperial con Giuseppe Garibaldi en la Laguna de los Patos, ni que armamos acorazados con chatarra, las proas con arpones como trirremes, para hundir a los cazadores de ballenas de la Gran Flota del Imperio Pesquero Nikei, que hundimos cuatro factorías, averiamos a otras tantas y nos lanzamos a los bancos de niebla de las Marianas antes de ser detectados por los satélites. Nadie sabe.

Nadie sabe que tuve muchos nombres. El último fue Nemo cuando mandaba el Nautilus, una goleta quark en las cercanías de los planetas duales del cinturón de Kuipper (pero vino después un francés y me soñó y escribió entonces otra historia, la que todos conocen). Nadie sabe. Ahora estoy de nuevo, no ya en los océanos furiosos de los atlantes ni en las mareas de estasis de los sistemas solares del brazo de Orión, sino en la mansedumbre de un gran río, donde antes cualquiera podía zambullirse con los ojos abiertos para buscar caracoles o piedritas de colores o cazar sábalos con arpones de hueso.

Supe que a ese río lo están matando. Supe que antes era “un cielo azul que pasa” como cantó el poeta militante y ahora está amenazado por papeleras, por clorados, por rociadores con Dieldrín, por frigoríficos de harina de pescado, por terratenientes o, mejor dicho, acuanientes, que se apropiaron de las aguas que fluyen por arriba y por debajo de la Mar Paranaensis; supe todo eso y cosas peores y entonces puse proa al estuario y de allí contracorriente del Uruguay y acá estoy.

Me puedo llamar de cualquier manera, pero todos me dicen Lupus Flumines, el lobito cazador de río, el arponero contra Botnia y sus gobernantes adulones, contra Tomkins y sus capangas, contra Salto Grande y sus gerentes.

Aquí comienzo esta bitácora, nuestra lancha torpedera se llama “Río Libre y Anarquía”. Latitud 32° 28’ S-Longitud 58° 05’ W, vientos solares del sudeste, presión 708mb, cirrus estratus a 15x1000...

Oh! Suena la alarma: Naves con políticos y prefectos a la vista. Un caudillo cipayo, gobernante de la provincia de Corrientes, ofrece sus tierras y sus aguas para la instalación de una papelera contaminante. ¡Compañeros a sus puestos de combate! ¡Preparen arpones! ¡Velocidad de crucero warp 2! ¡Carguen feizers!

Lupus Flumines


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